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Fotografía: el deseo del arquero

Fotografiar es mirar, pero no es mirar el objeto, sino intentar seleccionar lo que el otro mira(ra).
¿Para qué…?
Los fotógrafos mienten…por ilusos (ilusión). Están secuestrados en la ilusión de que son ellos los que miran, los que eligen qué verán “los otros”. Pero la mirada la construye el que mira (ahora) y el fotógrafo ya miró (antes). La fotografía es la mirada de quien la mira; la mirada del fotógrafo es mas bien un deseo, un acto que intenta, si acaso, “violar” la mirada del otro.
La fotografía es un truco, un sencillo malabarismo para evadir la “crueldad” de la comprensión de que tenemos una sola mirada para imaginar todas las miradas posibles del mundo.

“El deseo es una flecha disparada, que en la espalda del arquero está clavada…” Santiago Auserón

“el Deseo del arquero” © J. Bengoetxea 2016

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Súbita

“El problema no es que nos acordemos gracias a las fotografías, sino que sólo nos acordamos de las fotografías”, escribe Susan Sontag y añade: “Esta forma de rememoración por la fotografía eclipsa las otras formas de comprensión, y de rememoración”

Extraído de “La Muerte desenfocada” Jacques Terrasa

* “Cualquier fotografía es una búsqueda de equilibrio, en tonalidad y contraste, entre una superficie blanca y una negra, según la apertura del diafragma y según la duración del tiempo de exposición; algún exceso o alguna carencia hacen que la imagen no logre aparecer o se vaya desvaneciendo. Cuando se obtiene este equilibrio, nos dejamos confundir por la ilusión referencial que produce aquella fotografía que ha llegado al término de su proceso de realización icónica, mientras olvidamos las «imperfecciones» indiciarias, olvidamos todo aquello que nos recordara que se trata del simple encuentro de una superficie fotosensible con un rayo de luz. Así que podríamos llamar iconogénesis este proceso de construcción analógica de la imagen, en el que se tiende a rechazar la contaminación indiciaria para valorar la pura iconicidad, a despreciar aquellos signos que delatan la opacidad matérica de la foto para dejarnos engañar por la transparencia icónica de una supuesta representación de lo real

*Extraído del mismo texto de Jacques Terrasa.

Lo efímero en fotografía: la puerta

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Casi como en un espejo se repite fuera lo que ocurre dentro de la cámara oscura cuando un destello, un pequeño triangulito de luz, descubre la forma.

Quizá la esencia de la fotografía resida mucho mas en la mutabilidad permanente de la forma, que en lo efímero del referente, de lo que “acontece frente a la cámara”.

En fotografía, comúnmente, se persigue lo perenne, la permanencia. La misma historia de la fotografía y sus implicaciones sociológicas la unen indisolublemente con algo parecido a la repetición eterna de algo que, en realidad, NUNCA ocurrió.

Creo —estoy convencido— que la fotografía no perdura, y de que ese es precisamente su valor: la fotografía delata la imposibilidad de permanencia.

La fotografía, las fotografías, corren el riesgo de ser interpretadas como catafalcos perennes; nada mas lejos… yo creo que, bajo esa característica aspectual, son el instrumento perfecto para inspeccionar la permanencia, pero de lo efímero.
No es un trabalenguas, lo efímero de la permanencia es lo que muchos fotógrafos intentan; la permanencia de lo efímero es lo que retratan en realidad.

“Lo acaecido” (objeto de la fotografía informativa, documental, de la instantánea) es circunstancial, variable, mutante, falaz. La forma que lo “traslada” es lo permanente , lo esencial.

Fue en Siguanea…

[…] Un ruido estremecedor, hueco, como de arrastre rasgado de la orza le hizo saltar del catre en la negrura. Pisó la cubierta y sintió una fuerte guiñada que le hizo perder el equilibrio mientras alcanzaba casi por puro azar la piel untuosa del salitre en el timón: giraba ya desbocado advirtiendo su derrota.

Otro bandazo y de nuevo se rasgó el viento en un alarido de la popa contra el arrecife. Centelleando sobre las olas y perdiendo sitio en el agua de babor, cabeceo y partió con un quejido el rumbo.

El aire negro, la mar un suspiro de marejadas alzándose en desquiciados lengüetazos sobre la cubierta vestida con harapos empapados de la vela mayor, cabos, marrollas, el winche chirriando cantos enloquecidos traídos desde el génova. La proa clavada, negra también, bajo la mar…

Frente a Playa Larga, rumbo 270º, Oeste, la madrugada antes de llegar. […]

No, ni es una playa en Siguanea, ni es la Isla de Pinos, la Isla de la Juventud, en Cuba…es otra ensenada, la Ensenada del Tuerto quizá.

A veces se recuerda una historia y uno la cuenta de nuevo. Y la historia cambia y se viste de las luces de otras playas…y despierta tras aquella noche ya casi olvidada, extraña. Despierta en otra playa.

Una fotografía, solo a veces es capaz de aguardar una historias sin contarla siquiera. Quizá sea esa la cosa: una fotografía espera una historia, no la cuenta.

Llegar a donde no esperabas ir: Susan Meiselas

Encuentro una recopilación de escritos variados en la nueva (renovada) página de Zonocero en referencia al libro “La educación de un fotógrafo” por Charles H. Traub, Steven Heller, y Adam B. Bell. Me quedo muy especialmente con esta cita de Susan Meiselas:

“Debemos encontrar maneras de llevar a la gente a un lugar a donde no espera ir”

Encuentro una resonancia especial —muy modestamente punzada, por supuesto— con este último trabajo, y me decido a colgarlo en el blog junto con esta historia —seguramente mas leyenda que realidad en un sentido estricto—, que recordé al ir revelando la toma en el editor: llegué por tanto “a donde no esperaba ir”

La fotografía es esta:

…y esta es la historia (insisto en su carácter decididamente “legendario”) traída de Wikipedia:

“Según ha llegado hasta nosotros a través de los escritos y la tradición oral, el relato dice así: a mediados del siglo XVII en el pueblo de Liérganes, en Cantabria había una pareja, Francisco de la Vega y María de Casar, que tenían cuatro hijos. Francisco falleció y la viuda mandó a su hijo Francisco a Bilbao a aprender del oficio de carpintero.

Estando en Bilbao, Francisco se fue a nadar el día antes de San Juan, en el año 1674, con unos amigos pero llevado por la corriente, éste desapareció y no se volvió a saber mas él. Solo cinco años después, en 1679, en Cádiz, unos pescadores afirmaron ver un ser acuático pero con apariencia humana que desapareció rápidamente. Esta aparición se repitió constantemente hasta atrapar a la criatura con trozos de pan y unas redes. Una vez capturado pudieron constatar que se trataba de un hombre, con escamas y forma de pez.

Entonces fue llevado al convento de San Francisco donde fue interrogado para saber de quien se trataba y al cabo de un tiempo consiguió tartamudear una palabra: “Liérganes”. Nadie sabía que significaba, hasta que una persona de Cantabria que estaba trabajando en Cádiz, comentó que en Cantabria había un pueblo que se llamaba así. También Don Domingo de la Cantolla, secretario del Santo Oficio de la Inquisición, confirmó dicha afirmación ya que él era de allí.

A continuación, llegó la noticia a Liérganes para averiguar si había pasado algo extraño en los últimos años y desde Liérganes respondieron que únicamente se había registrado la desaparición de Francisco de la Vega, cinco años atrás. Entonces Juan Rosendo, un fraile del convento, acompañó a Francisco hasta Liérganes para comprobar si era cierto que era de allí y a la altura del Monte de la Dehesa, Francisco se adelantó y fue directamente hasta la casa de María de Casar, que rápidamente lo reconoció como su hijo.

Ya en casa de su madre, Francisco vivió tranquilo sin mostrar ningún interés por nada. Iba descalzo y a veces desnudo y no hablaba apenas. A veces estaba varios días sin comer pero no mostraba entusiasmo por nada. Después de nueve años en casa de su madre, desapareció en el mar sin volver a saberse nada sobre él”

Hay, potencialmente al menos, una narrativa en la fotografía que mama directamente del lenguaje icónico de los sueños y de la prosodia de sus colores, sus brumas y sus “olvidos”. Esta, haciéndola consciente en parte, es capaz como dice Susan Meiselas de “…encontrar maneras de llevar a la gente a un lugar a donde no espera ir”

Para “Quousque tandem…!”: Catilinarias

Oteiza, del que es necesario aprender, al que es necesario revisar a diario si se ha nacido aquí, se filtra ineludiblemente en la fotografía con uno de sus argumentos mas llenos: su concepto del vacío creativo.

Nada mas concluyente que dejarse llevar por los vacíos que describen sus esculturas concibiendo la pieza como un testigo de la ausencia que —es evidente—, es el material mas pesado, mas denso de su obra.

En Oteiza, lo que “pesa” no es la pieza, sino el volumen vacío de su encierro.

En fotografía quizá sea mas sencilla la comprensión de este afecto. En fotografía en blanco y negro, aún mas.

Son los negros los que construyen el mapa del indicio, es la ausencia de luz —el vacío— lo que sustancia la obra.

La fotografía mapea el vacío, lo coloca frente a la vista, lo descubre y lo añora.
Es entonces el propio autor el destino de una narrativa ocluida pero serena. El espectador solo contempla la luz al principio, no la ausencia. De ella se deshace incrustando sus fantasmas en el hueco de las sombras que le devuelven la mirada…y le aterrorizan.

Oteiza, en su alquimia, lucha a muerte con las sombras de sus piezas hasta hacerlas rehenes doblegados de los vacíos que encierran. Transmuta ese pesado volumen en sugerencia activa liberándolo así de sus destinos quietos.

La forma no se explica en la fina línea de un círculo, sino en el vacío que encierra

 

Los Tres Gritos Azules

Ví hace ya tiempo una película guiónizada sobre una novela de Paul Auster: “Smoke”.

El protagonista, Auggie Wren (Harvey Keitel) , trabaja en un estanco neoyorquino en Brooklyn y, por casualidad, se hace con una cámara que, curiosamente, obtiene de una mujer ciega en extrañas circunstancias; una Canon AE-1.

A partir de ese día, Aggie sale a la puerta de su establecimiento y hace una foto desde allí. Siempre a la misma hora exacta, y siempre con el mismo encuadre.
Con las fotos obtenidas de este modo, va elaborando un álbum que se va transformando en varios poco a poco.

Un día decide mostrárselos a su amigo Paul…

Al principio, Paul, no entiende aquel enorme trabajo de su amigo. Todas las fotos le parecen iguales hasta el punto de que, su contemplación continuada, producía en él un aturdimiento y una estupefacción tremendas.
Aggie en cambio, le miraba tranquilo, muy sereno, hasta que en un momento intervino y le dijo:

“—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.”

gritos

“— Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo”, pensó Paul.
Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones…

Esto me hizo a mí también entender la fotografía de otro modo y, desde entonces, este lugar que fotografío tantas veces desde el mismo sitio, es para mí, un poco como la puerta del estanco de Auggie.

La Mar: un haikú, una punzada

“Al trascender el studium, como el Haikú, la fotografía vuela hacia propuestas libres de carga Histórica, de Pasado y de Cultura […]
Lo que puedo nombrar, no puede realmente punzarme… […]”
<< La Cámara Lúcida >> Roland Barthes

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Relato de calle con Sonrisa Simétrica

Hace ya años que no practico el retrato…

Uno se plantea rápidamente que una de las sintaxis mas presentes en fotografía y en todas las artes es, sin duda, la que se apoya en las simetrías.
Un rostro es, seguramente, el paradigma mas potente y lleno de ambigüedades de las geometrías simétricas.

relatos

Deconstruirlo, buscarlo fuera de un rostro retratado, es un reto mucho mas sencillo de afrontar de lo que pudiera parecer usando una cámara de fotos.