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fotografía de arquitectura

Sobre espejos vacíos

“Sobre espejos vacíos” © J. Bengoetxea 2018

Quizá sea solamente un rumor infundado pero, hace ya tiempo, oí que los espejos reflejan la realidad porque están vacíos por dentro…
¿Y cuando una fotografía lo hace? Lo bueno de una cámara fotográfica es que está vacía por dentro —…yo lo he visto—, y basta con dejar de empeñarse en lo contrario mientras se trabaja con ella entre las manos.

 

La puerta roja

“La puerta roja” © J. Bengoetxea 2014

El tren

“El tren” © J. Bengoetxea 2018

la terraza

“la terraza” © J. Bengoetxea 2014

Arquitectura para el juego

¡Volver al cole!

…pero volver para jugar con el color y con la línea. Volver para ver cómo un antiguo jardín clásico de aquellos en los que los niños no podíamos pisar la hierba, se trasforma en un mirador rodeado de color, una paleta completa de color para jugar mientras se rompen zapatillas.

Los arquitectos han querido “jugar con la idea del juego”…con el color.

Colaboramos en ello con Foraster Arquitectos.

 

Gran Hotel Domine, Guggenheim, Puppy …y “007”

Bilbao al atardecer. Casi la “Hora Dorada”. Mas de 35 grados y la plaza del museo atestada de turistas…Un retrato de grupo difícil: Frank Gehry, Guggenheim; Jeff Koons, Puppy; Mariscal, Gran Hotel Domine …y también ”007” saltando desde el ático del edificio de al lado.

Dentro del Gran Hotel Domine, renovado totalmente por Foraster Arquitectos, el Sixty-One.

* Extracto de reportaje fotográfico para Gran Hotel Domine, Bilbao.

 

“La máscara veneciana”. Guggenheim Bilbao

“La máscara veneciana” © J. Bengoetxea 2017

 

Creo que nunca, desde que acabó su construcción al menos, he paseado por la explanada frente al museo del perro florido por placer, siempre ha sido por encargo.
Pero no soy fiel a la verdad diciendo esto. En realidad, una vez tras otra acabo resolviéndome como un enajenado quijote enfrentándome a sus enormes aspas de titanio con mi jofaina en la cabeza y la negrura de mi correa al cuello. Colgajo que se tambalea, maquina debajo del pecho. Sorprendido…quizá asustado. Por supuesto deslumbrado por los lanzazos de sol que me arrojan sus volutas afiladas: sin piedad, cortando el resuello del poder de mis cristales mágicos.

Titanio contra cristal es una sangrante herida en la sensibilidad de mi corazón oscuro prendado al pecho…esa negra prótesis que me acompaña. ¡Claro que no es igual la contienda entre magnesio y cristal contra fractales de titanio y sol de tarde!

Ayer la gesta interminable me mostró por primera vez uno de sus peores “metamorfemas”, La Máscara Veneciana y su hierática sonrisa atrapada. Se “ríe de la Ría”…y se ríe de mi agotada derrota.

El triunfo de la forma, la caída de la luz al ritmo de las mareas. Esa Ría larga y sinuosa. Una fotografía, sólo una fotografía lo atrapa todo y lo regurgita en undoscientoscincuentavo de segundo y nueve palas de diafragma.

No, la fotografía no es una “suerte de pareidolia” sino la espera historizada de la “serendipia de la forma”, y este “templo de máscaras venecianas” deslumbra a cuantos engulle cercenándolos con lo primero.

¡Cenotafios fantasmales al sol!

Fotografía de arquitectura: “tirarse a la piscina”

Una fotografía puede documentar una obra de arquitectura, sin duda. ¿Pero ese es el mayor valor que puede alcanzar la obra al pasar por el tamiz de las lentes?. Claro que no…

La arquitectura dialoga a sus anchas con la fotografía, son “tal para cual”. Pero la buena fotografía no es la que trabaja al servicio del “objeto”, sino la que “lo destruye y lo reemplaza”.

Una propuesta así pone al cliente en un serio aprieto. Cree que perderá su obra, y él, quiere que su obra permanezca para siempre.

¿Cómo se explica a un cliente, a un arquitecto, a un constructor, que su obra debe ser engullida por la fotografía si quiere que permanezca?. Y que el precio de la permanencia es la pérdida del rastro de realidad inmanente al acto fotográfico. No es fácil…

Pero es mas difícil ver cómo se derrumban obras estupendas en manos de clientes o fotógrafos que no han sido convencidos aún: vuestra obra no la verá nadie en realidad, o no la verá nadie cuya mirada haga vuestro trabajo relevante, presente.

Si “sacrificas la obra” haciendo un reportaje, deja que ese sea un reportaje en el que hable la propia fotografía, —esa idea inconclusa, dinámica, activa— y la RE_presente.

Un reportaje de arquitectura no es la instantánea de una obra acabada y presente. Es una obra viva que vibra en los ojos gracias a la intención de la cámara y a su juego con ella.

La obra deja de ser “la cosa” para que la fotografía sea el objeto, y su charla “tenga por objeto” la captura de la mirada del otro: no se captura el referente, se captura la mirada de quien ve la fotografía. Que es otra “cosa”…

Dejemos que el objeto de la fotografía sea la propia fotografía y no la evocación onírica, fantaseada del referente.

Primera fotografía: Vivienda unifamiliar en “L” en La Bilbaína. Arquitectura de “Foraster Arquitectos”. Constructora, “Decons
Segunda fotografía: Centro Niemeyer en Avilés.

 

“La Guerra de los Mundos”

“La Guerra de los Mundos” © J. Bengoetxea 2017

Era ayer, casi al atardecer. Pasear por Bilbao quizá se haya convertido en un quehacer alucinógeno que puede llegar a activar zonas de la corteza prefrontal que solo las “plantas de poder” saben alcanzar, estados alterados de conciencia seguramente…

Una gran masa de cristal en forma de monolito piramidal se cernía sobre la capital a la altura de Abandoibarra, un poco mas arriba. La estructura, plagada de lucecitas interiores y con aspecto de carecer de tripulantes, aplastaba literalmente las casas…y absorbía su luz produciendo un gran apagón en la zona. No parecía emitir rayos de calor ni gases venenosos. Concentraba en su interior toda la energía disponible a su alcance, LA HACÍA SUYA…o eso quiso pensar mi turbada conciencia. Luego me adentré en su interior por una enorme pasarela acristalada de proporciones desconocidas para mí. Había entrado ya muchas veces, pero jamás en ese estado de conciencia. Tiempo después me vi de nuevo andando debajo de las columnas del Zubiarte. Todo parecía haber vuelto a la normalidad y mi reloj se había detenido mas de dos horas quizá. No tengo conciencia ni recuerdo alguno del tiempo que estuve en su interior.

Recordé, parado en un semáforo, la historia que Orson Welles contó en la radio a los americanos el 30 de octubre de 1938 y, aún perturbado seguramente, quise pensar que aquel programa de radio continuaba emitiéndose en el mismo centro de Bilbao casi ochenta años después.

¡ Es la Guerra de los Mundos !