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Las gaviotas

Sesteaba a la sombra del génova, pero la jarcia se había enredado al trasluchar. Le despertó el ruido de las gaviotas al acercarse a la costa. Arriba, parecían ahora estrellas en constelaciones cambiantes; cerca del velamen eran, en cambio, molestos pajarracos que anunciaban el fin de una búsqueda infructuosa mas para el capitán.

¡Maldito sueño blanco! Recuerdo aún, bajo esta vela en sombra, el fantasma que renacía una y otra vez entre el vapor de su encendido espiráculo.

Así escribía en su última postal el veneciano: ¿Pero qué demonios ve usted sobre esas espumas rotas, sobre las crestas de las rocas que solamente la altura de su propia nave enfrenta con las nubes…? ¿No son, acaso, mordientes estructuras fantásticas muertas entre la luz de lo que ya ocurrió?

Capitán, ¡debe atravesarlo y dejar que su refulgente lomo lechoso se pierda! Capitán, es su deseo quien da vida, luz y fuerza al brillo blanco de ese animal…

Luna en Venecia

[…] Entraba en Venecia por el peor de los canales, pero la luna parecía atraparme en aquel rumbo. 

Noche cerrada mientras me acodaba en la proa vigilando los bancos de arena. Una pequeña marejada, como una serpiente blanca sin cabeza, me señalaba mi destino si seguía adelante. La luna llena me cegaba. Ceñía en el último momento, pero antes supe rozar aquella luz desde mi branque con el deseo encendido de atravesarme sobre ella. No quise seguir adelante…¡recuerdo que pude!

*Nota arrancada de una bitácora encontrada en la reforma de una zapatería artesanal de Venecia / Fragmento

Epílogo: uno

El mordiente de la costa apareció por sorpresa. Todo el velamen al descubierto. La ballena había tomado rumbo 270 O . Desventados y al garete. Las dos bolas negras subían ya por el trinquete en la misma driza.

Inundado de miedo y de deseo, miró hacia aquella fantasmática silueta una vez mas, y una frase le vino a la memoria. La frase con la que encabezaba su primera carta postal el artesano veneciano: “Todo el resto es silencio”

Alguien le dijo, años después, que la tragedia del Principe de Dinamarca termina su inagotable monólogo de ese mismo modo.

“…mucho puede ser dicho. Todo el resto es silencio” balbuceó clavando firmemente su empapada prótesis sobre la cubierta.

Las rocas se alejaban ya de la amura de babor; la ballena se sumergió; el viento quedó en calma.

¡Bienvenido al mundo de los vivos, capitán!

El capitán permaneció en silencio…

Los sueños de Bóreas

En ocasiones, el capitán, tras largas noches de insomnio en la cubierta y siempre justo al amanecer, se quedaba como flotando en la bajamar entre los retazos de sus sueños. Las sombras parecían tomar formas caprichosas sobre las aguas, y dibujaban bailes entre los bajíos. Extraños seres brotaban cerca de la popa, seres que bailaban. Pero detrás, siempre al fondo, una silueta destacaba rozando el horizonte: siempre una roca como vestida de ballena.

Él los llamaba “Los ahogados de Bóreas”, marineros muertos flotando tras las arremetidas del diabólico cetáceo blanco. Una y otra vez “Ellos” poblaban las imágenes de sus amaneceres de piedra.

Aquella misma tarde, el zapatero le había hecho llegar su última postal. Una postal que parecía haberse impreso, de forma extrañamente precisa, desde aquellos duermevelas del capitán.

Fragmento de “Postales de un zapatero veneciano”

 

“Postales de un zapatero veneciano”

Pero, ¿quién es el “zapatero veneciano”?

¿…y sus postales? ¿Son auténticas, o todo es una fabulación azarosa?

¿Existe Porto Nascosto? Los cheilopong y los peces voladores ¿…Carapachibey o Calasinmar?

Un sello de lacre encontrado por casualidad en la reforma de un antiguo taller de zapatería veneciano parece acreditar, definitivamente, todos los indicios: un zapatero veneciano de mediados del siglo XIX mantuvo una larga relación postal con el atribulado capitán Ahab. Aquel que Melville construyó en nuestras memorias. 

¡…sí!, una cajón lleno de collotipias —postales de la época— lo atestigua. Y el lacre con el que el zapatero marcaba todos sus envíos, lo acredita.

Stai attento!!

Casi como los obenques de un velero, las historias son líneas que atraviesan la niebla suspendidas en el aire. Pero siempre dibujan a sus pies ramas entrecruzadas con el tronco fuera de la fotografía. Ramas que se tejen mientras las fotografías, casi vivas, se revelan.

Esta historia es una de esas ramas en la niebla que te dejan saltar de una fotografía a otra como en una rayuela, como si jugásemos a la gallina ciega. Encontramos el obenque, el cabo…e inmediatamente es tragado por una ballena blanca y desaparece en medio de la niebla: la ballena del Essex quizá…o aquella del capitán Ahab.

Esta historia comenzó cuando, en la reforma de un antiguo taller aparecieron, por fortuna, unas collotipas —postales de la época en italiano— que un zapatero veneciano enviaba, al parecer, al capitán de un ballenero del siglo XIX.

Si no fuese por el sello de lacre que se encontró en el suelo, sobre una vieja arpillera, sería imposible acreditar su autenticidad. Ahora ha llegado el tiempo de dar a conocer la historia de las “Postales de un zapatero veneciano”

La ballena. Bitáforas

“La ballena. Bitáforas” © J. Bengoetxea 2011/18

Capitán, solamente su propio fantasma sabrá sanarle, será su propia locura. Porque para eso surgió un día de entre aquellas procelosas aguas. Para evitar que su arpón se clave una y otra vez en su lomo blanco, ¡en su propia espalda, capitán! No hace falta, no la persiga. Le alcanzará y volverá a arrancarle de cuajo ese trozo de madera blanca en el que su pierna se estrecha…Ya sin dolor alguno aunque mil arpones hieran irremediablemente el lomo de esa delgada madera de arce con la que golpea sus tímpanos cada noche al caminar sobre la cubierta. Mientras tanto, ella duerme y respira —sin remedio— en sus propios sueños.

Capitán, escríbame una vez mas. Su ballena blanca tiene la cola unida a la tierra, ¡no tema!

Capitán, mi admirado capitán,
El zapatero

P.D. Fotografiar es jugar a la rayuela y a la gallina ciega, pero un fotógrafo no sabe nunca a cuál de los dos está jugando ahora. 

De “Postales de un zapatero veneciano / Bitáforas”

Extraño sueño en el golfo Argólico

“Extraño sueño en el golfo Argólico” © J. Bengoetxea 2012

Si había alguna pesadilla recurrente que habitara entre las cuadernas del camarote del capitán, esa era la de Hidra de Lerna. Tantos inviernos ya sin calafatear su nave en el golfo de la Argólida…Allí soñó, por primera vez, la negrura de las olas que quedaban suspendidas entre las nubes: no eran marejadas del viento sino, según sentenciaban sus sueños, “extrañas mares que provenían de las interminables escaramuzas entre Hidra y su ballena blanca“.

De “Postales de un zapatero veneciano”.

El sello

Entre los diferentes adminículos hallados en el taller del zapatero veneciano, el sello que utilizaban entre el capitán —Ahab— y él para certificar la autenticidad de sus envíos postales.
En el relieve de latón del sello, como no podía ser de otro modo, La Ballena…

Una pieza de enorme valor ya que, hoy, nos sirve aún para “dar fe” de la propia veracidad de su historia…y, consecuentemente, a la obra recuperada en Porto Nascosto.

Collotipias desde Porto Nascosto

“Collotipias desde Porto Nascosto” © J. Bengoetxea 2010/18

Para un zapatero con establecimiento en Venecia, era relativamente sencillo en la época hacerse con los componentes para elaborar collotipias en la trastienda de su taller. Esas que, después, enviaría a Ahab, y que fueron recientemente descubiertas en un pequeño puerto al abrigo de los temporales del noroeste. Una entrada estrecha que solamente permitía el paso a las naves en bajamar.
Como un estenopo de mar solamente practicable para cíclopes…marinos tuertos y cojos, mancos o mudos: esas “raleas” que huían de los puertos mas frecuentados de la época.
Una bahía estrecha enmarcada por rocas y bajíos. Un MARCO relleno de agua de mar. El mismo agua que fijaba las imágenes del zapatero sobre el grueso papel. ¡Gelatinas de espuma!

Collotipia“Sobre una matriz constituida por una placa de vidrio, se extendía una capa de emulsión fotosensible constituida por gelatina bicromatada, que se sometía a cocción, y después era impresionada mediante contacto con el negativo fotográfico. La gelatina se hacía más insoluble en las zonas transparentes del mismo. De este modo la tinta se absorbía con mayor facilidad en esas zonas transparentes.2

Este procedimiento permitía tirar un número limitado de 500 copias; pues se deterioraba la gelatina durante el proceso de impresión, y se perdía nitidez.

Este sistema se empleó mucho en la impresión de postales.

Wikipedia

Los cheilopogon y la corriente de tornaviaje

“Los cheilopogon y la corriente de tornaviaje” © J. Bengoetxea 2008

El capitán recibía, al menos, una de aquellas postales cada mes. En una de ellas había una amable advertencia del zapatero sobre las supersticiones mas enraizadas en su barco: “los cheilopogon  —“sosowon” en lengua Tao, una variedad de pez volador muy común en aquellas aguas costeras—  no avisan sobre la presencia de cachalotes en la zona según la forma de sus saltos, mi querido amigo…”

En la instantánea que acompañaba sus letras en esa ocasión, podía verse una de las atalayas mas usadas por los Tao para divisar con suficiente antelación a los “cheilopogon”  para poder encender las antorchas que atraerían sus vuelos hacia los catamaranes. 

Los peces voladores no señalan rumbos en los derroteros, capitán…mi recomendación es poner proa lejos de la corriente de tornaviaje cuanto antes.