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Registrar justo los últimos rastros del referente para, así, liberar de alguna manera las formas y su manera de construir mensajes nuevos: todos distintos según qué mirada los “proponga”.

Si miras al cielo durante mucho tiempo, el cielo también te mirará a tí…Todo lo que fotografiamos, nos devuelve la mirada.

En todo este proceso, el fotógrafo quizá sea origen circunstancial, pero nunca es “causa” en mi opinión.

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Conozco un relato en el que un vendedor de biblias le ofrece un libro infinito que él, Borges, compra por el precio de una pensión (la suya de ese mes) y una versión de la biblia escrita en caracteres góticos.

El vendedor, para describirle el poder del libro, le dice que es “infinito”, como la arena:

Lo adquirí —dijo el vendedor— en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta mas baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera página…

Este lugar, este antiguo embarcadero, era como el Libro de Arena; era Infinito.
La fotografía, una fotografía, al igual que el Libro de Arena, es infinita: No podemos encontrar nunca la primera página ni la última, y su hojas están numeradas aleatoriamente. 
Además, si señalamos una página en concreto para volver a ella después (intentamos guardar una mirada), cuando tratamos de recuperarla ya no está en el mismo lugar…o ni tan siquiera aparece.

La fotografía, una fotografía, quizá sea un Libro de Arena, …un libro infinito.

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Dice Barthes —y dirá bien…— que las fotos se mueven en dos sustratos diferentes que conviven, pero que no mantienen relación alguna:
El Studium y el Punctum.

El studium, según él, importa un carajo. Es cultural, histórico, sociológico; se puede describir y analizar. El fotógrafo lo construye con cierta consciencia durante el proceso. Pero, y como el teatro de Sartre, no menea al espectador, no le pincha: es demasiado cuidada su estética, demasiado cargada del studium para mover a nadie ni a nada (Barthes dixit…).

En cambio el punctum, pincha (de ahí su raíz latina), es idescifrable y acontece muchas veces mas allá, en la total ignorancia del fotógrafo incluso.

Lo “jodiondo” (o sea, aquello jodido que además huele mal, muy mal) es que uno de tanto leer lo que hace y lo que no hace, piensa poco y cede cada día mas el “acierto” a los acertantes: La fotografía siempre se escurre entre las plaquitas del diafragma o, como dijo el Sr. Nietzsche “Los hombres laberínticos no buscan la verdad, buscan su Ariadna”

 

Sueños de Ariadna

El batir del sueño es toda mi mente.
Soy mi ritmo. Ovillo mi madeja
más y más profundo en el laberinto
para hallar la unión de los caminos,
para hallarlo antes de que el héroe encuentre
al prisionero del Laberinto,
al horror coronado de cuernos al fin
de todos los corredores, mi amigo.
Lo guío lejos. Él se arrodilla para pacer
la hierba espesa sobre la tumba
y la luz se mueve entre los días.
El héroe encuentra un cuarto vacío.
Busco mi ritmo. Bailo mi deseo,
saltando los anchos cuernos del toro.

Ursula K. Le Guin, The Twins, the Dream

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La Narrativa Fotográfica y las disquisiciones que plantea siempre, es uno de mis temas recurrentes a la hora de pensar/hacer fotografías.

¿Existe una narrativa específicamente fotográfica?

Las respuestas a esta pregunta son tan variadas como contradictorias y ,en cualquier caso, llenas de matices muy interesantes.

Desde un punto de vista ontológico, lo mas indicado sería considerar que NO, que no hay narrativa alguna en una fotografía. O, al menos, que no la hay en esencia.

Pero si que hay una herencia relacionada con esa pregnancia de lo “real” en una imagen fija, que parece sugerir un cierto indicio sobre “una historia”, sobre su huella en la fotografía.
Quizá la influencia de la sintaxis aplicable a los textos, se filtre también de algún modo en la “retórica” de una imagen.
O quizá se trate de ese resorte profundamente arraigado en nuestra psiqué que nos impele a fabular necesariamente narraciones: no soportamos pensar o sentir que “NADA ocurre”. Tampoco frente a una imagen fija.

En esta fotografía de abajo he tratado de reunir algunos factores que creo interesantes para ilustrar (este texto y los textos en general lo requieren) algunos elementos clave en mi opinión sobre este asunto.

Pero nada de esto parece intrínsecamente fotográfico…no en esencia, insisto.

Una foto no es (aunque lo parezca casualmente) el pasado. Tampoco es, ni mucho menos, presente alguno. Y tampoco es futuro. Pero quizá, y si algún tiempo verbal es aplicable a la fotografía, ese sea curiosamente el futuro anterior.

¿Una narración tendría sentido cuando se conjuga exclusivamente en futuro anterior…?

Una fotografía, que es en realidad un objeto impregnado de una suerte de huella de la realidad, en cuya toma el tiempo tiende a cero (levedad/brevedad de la exposición), cuyo proceso se dilata indefinidamente ,su contemplación es siempre un descubrimiento reciente y sobre cuya apariencia se tiende a elaborar/fabular una historia, parece tener una etiología cuando menos curiosa y muy específica.

Mi sospechas giran entorno a una sintaxis específica que entronca directamente, y sin que medie la razón, con un indescriptible torbellino de afectos no alineados en el tiempo. Lejos por tanto de esa narrativa propia de los textos que son lineales y temporales “per se”.

Quizá, y aunque pueda sonar pretencioso, podemos escrutar en la imagen fija una nueva estructuración, una nueva dialéctica de los mensajes, lejos de servidumbres históricas para con los textos, y con un poder narrativo extrañamente atemporal, activo, dinámico y peculiarmente mutante.

Mientras la realidad de los textos parece descansar fuera de ellos mismos (por eso usan las imágenes como soporte de “certeza”), las imágenes fijas son totalmente autónomas y portadoras seguramente de relaciones intratextuales potencialmente capaces de generar realidades: El vector del significado se invierte extrapolando algunas afirmaciones de Flusser.

(…)

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