Casi como una sopa de vuelo de gaviotas, la luz roja dibuja histogramas impensables, superpuestos, imprevistos.
Preparas minuciosamente la toma: enclave de cámara, medición “exacta”, horizonte estable…y, de pronto, una gaviota vuela.
La fotografía tiene un histograma oculto: lo improbable modifica la toma y te muestra la foto.

Pero todo lo que el fotógrafo hace ajeno a lo improbable, en realidad, lo acoge, casi lo hace posible.
Los chamanes, ni curan, ni saben…probablemente, pero son conscientes de la proximidad constante de lo “improbable”… probablemente.
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Una de las cosas que mas me apasiona en fotografía, es cómo el tiempo se comporta de un modo mágico siempre.
Una vez hice una serie de fotos en muy poquito tiempo de un personaje ciego; ciego como lo estamos nosotros mismos durante la obturación. Luego las colgué en una secuencia que alteraba el orden de los datos exif. Lo que aparecía era una historia distinta construida sobre “un mismo referente aparente”.
Los fotógrafos, como las fraguas del Olimpo, como el mismo Hefesto (Vulcano) , doblan el tiempo a su antojo. Lo forjan en un atanor cuyo principio, curiosamente, es permanecer casi siempre a oscuras….
Cuando la obturación es larga, la ceguera pasa de ser una entelequia casual, a una ceguera palpable, real, negra.
Solo la ilusión, la esperanza del fotógrafo, “permanece” durante ese “vacío preñado de luz atrapada”.
Pero esto solo se puede ilustrar meridianamente, incluyendo en la foto a un viajero temporal que traiga pruebas de haber habitado ese pliegue entre vórtices: Un argonauta de la luz.

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