La esencia de la fotografía no está en hacer de “descriptor de lo real” —en mi caso al menos—, sino en alzar propuestas sobre los estados de la luz.
Las nuevas concepciones cuánticas del Universo, con toda seguridad, descubren nuevas —y a la vez atávicas— maneras de entender el Acto Fotográfico: ¿Universos probables…? ¿Realidades planas…? Una fotografía que nunca se hizo y, a la vez, se repitió una vez tras otra.
Luz que ilumina lo que pudo haber sucedido pero jamás llegó a ocurrir… salvo tras abrir el obturador de la cámara: Es el hecho de mirar/fotografiar algo lo que lo eleva seguramente a la certeza de su existencia.
La fotografía se ocupa de las propuestas, de lo posible, a veces de lo probable, pero siempre lo hace gracias a su complicidad con lo improbable.
Si alguna fotografía no llegó a hacerse nunca, con toda seguridad —y a la vez—, ya está hecha mil veces…en alguna parte.
Por eso no es difícil pensar que, la luz, es “improbablemente líquida”…también. Al menos puede serlo dentro de una fotografía: eso me gusta pensar.
Traigo unos fragmentos de un artículo de Fernando Puche en DSLR Magazin, en concreto unas citas que él entresaca de “LANDSCAPE: THEORY”.
· “ (…) nuestras expectativas de la Naturaleza están condicionadas por nuestras experiencias como habitantes de una sociedad industrial (…) Examinar el paisaje ordinario supone mirar fijamente dentro del abismo. La naturaleza es opaca y, en nuestros momentos más imparciales, intentamos penetrar en esa opacidad como refugio de nuestra subjetividad (…). Lewis Baltz (págs. 28 y 29)
· “Mi trabajo trata acerca de la experiencia de caminar (…) La obra de arte no es un simple registro y no puede capturar la experiencia del paseo. Se trata de un estado de ánimo (…)”. Hamish Fulton (pág. 78)
Uno echa en falta el tacto y el olor del papel en la red. Valga este boceto como sucedáneo …mientras tanto.
(Boceto de trabajo en construcción)
Según se recoge en algunos apuntes manuscritos de Speak y Burton, antropólogos y geógrafos que descubrieron y nombraron las Montañas de la Luna, la etnia “bóreas” es la responsable de los vientos de invierno que llegan del Norte a los arenales del Cantábrico.
De uno de sus cuadernos de viaje —concretamente del que Burton dedicó a los autrigones— extraemos esta instantánea atribuida a una supuesta danza que los bóreas escenifican anualmente convocando esos vientos en escondidas calas justo tras el verano.