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“La máscara veneciana”. Guggenheim Bilbao

“La máscara veneciana” © J. Bengoetxea 2017

 

Creo que nunca, desde que acabó su construcción al menos, he paseado por la explanada frente al museo del perro florido por placer, siempre ha sido por encargo.
Pero no soy fiel a la verdad diciendo esto. En realidad, una vez tras otra acabo resolviéndome como un enajenado quijote enfrentándome a sus enormes aspas de titanio con mi jofaina en la cabeza y la negrura de mi correa al cuello. Colgajo que se tambalea, maquina debajo del pecho. Sorprendido…quizá asustado. Por supuesto deslumbrado por los lanzazos de sol que me arrojan sus volutas afiladas: sin piedad, cortando el resuello del poder de mis cristales mágicos.

Titanio contra cristal es una sangrante herida en la sensibilidad de mi corazón oscuro prendado al pecho…esa negra prótesis que me acompaña. ¡Claro que no es igual la contienda entre magnesio y cristal contra fractales de titanio y sol de tarde!

Ayer la gesta interminable me mostró por primera vez uno de sus peores “metamorfemas”, La Máscara Veneciana y su hierática sonrisa atrapada. Se “ríe de la Ría”…y se ríe de mi agotada derrota.

El triunfo de la forma, la caída de la luz al ritmo de las mareas. Esa Ría larga y sinuosa. Una fotografía, sólo una fotografía lo atrapa todo y lo regurgita en undoscientoscincuentavo de segundo y nueve palas de diafragma.

No, la fotografía no es una “suerte de pareidolia” sino la espera historizada de la “serendipia de la forma”, y este “templo de máscaras venecianas” deslumbra a cuantos engulle cercenándolos con lo primero.

¡Cenotafios fantasmales al sol!

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