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Una fotografía: el secuestro de Alicia

Una fotografía desata, ineludiblemente, una narrativa. No porque una fotografía narre, sino por todo lo contrario. Algunas fotografías ponen especialmente de manifiesto esta particularidad esencial.

¿Qué ocurre?, ¿qué es…? Ninguna fotografía contesta a esas preguntas si nadie se arroga el papel del interprete, del chamán, o del mago en realidad. Una fotografía no contesta a ninguna pregunta…Tampoco contesta a cómo es. Mucho menos responde a cuándo ocurre.

Una fotografía es interesante porque solamente nos asiste la forma cuando estas preguntas surgen. Disponer únicamente de la forma como respuesta y cómo pregunta, es el gran valor del hecho fotográfico: es la ILUSIÓN de retener la forma dentro de un tiempo que estalla en todas direcciones.

Como meter la mano dentro de un espejo y secuestrar la imagen del pasado —de la memoria del cuento de Alicia— para colocarla en mil y un futuros.

La conjugación del verbo de la fotografía parece ser el futuro anterior. “El fotógrafo vive el presente de su experiencia como el pasado de un futuro. Esto no es, habrá sido” Jean-François Chevrier, 1982

La fotografía, en este sentido, renueva la realidad…La fotografía es, por tanto —…o pudiera ser—, subversiva.

 

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