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Cómo tirar fotos: manual escueto para fotógrafos experimentados

“Tírame una foto a esto”…creo que esa frase se me quedó grabada al oírla en boca de un escribiente del periódico local donde empecé a trabajar allá por los ochenta. Me recorrió la espalda un latigazo descendente y, ¡zas!, se me constriñó el orto en un espasmo doloroso.

Como dijo Adams “Una fotografía no se toma, se hace”, pero nunca dijo que una fotografía se “tirase”. Me temo que, conocedor del entuerto, supo evitar sibilinamente el término.

Pero juguemos a cruzar citas que, como los refranes —que pertenecen a autores a los que la historia no supo obedecer—, apuntan en direcciones contrarias solo para el inexperto que se acerca a olisquearlas tratando de reconocer el aroma de sus propias ventosidades…aerofágicos perennes.

Sontag, Susan, dijo que las fotografías se abren paso a codazos en los recuerdos y los sustituyen. Que no es que se recuerde gracias a una instantánea, sino que la propia instantánea ES el recuerdo. Y ese es el verdadero poder de la fotografía. Hemos pasado de re-presentar la realidad a crearla con la inmersión que supone renunciar al recuerdo en favor de una imagen de lo que nunca ocurrió realmente.

Y ¿si tiramos una foto?, ¿surtirá el mismo efecto en la memoria que si la hacemos?  Sí. Cuidado entonces, ¡doble cuidado!  Y es que si tirar una foto es iniciar un asalto incontrolado en la memoria, recordaremos cualquier cosa; si en cambio, la hacemos, también recordaremos cualquier cosa…¿ Cuál es la diferencia entonces ?, ¡ fácil… !

Si tiramos fotos las recordaremos siempre, y siempre sustituirán nuestros recuerdos; si las hacemos, en cambio, recordaremos siempre cómo las hicimos y, consecuentemente, porqué las hicimos. Añadiremos así, junto al subsecuente engrama, el algoritmo de descompresión y la clave para desencriptarlo si fuese menester y el tiempo así lo requiriese.

Y aquí viene lo bueno, allí donde el adagio de Adams y el de Sontag convergen.

Los fotógrafos —y los mas experimentados sufren mas aún este mal— no tienen recuerdo alguno, solo interminables secuencias de fotografías en la memoria, álbumes en estanterías organizadas como la biblioteca de Babel propiamente. Ocurre tanto de este modo, que un fotógrafo no puede deshacerse de su memoria ya que siente que solo con “tirar” una de aquellas fotografías recordadas, perderá su ser, se romperá la cadena que le une en sus recuerdos. Súbitamente, quizá, un día recuerde cómo hizo una vieja foto que empaña su memoria y no le deja — así— recordar nuevas fotografías. Entonces será cuando la tirará

Por tanto, las fotos, primero se hacen y, luego, con suerte, podrán tirarse…deberán tirarse para poder crear nuevos recuerdos.

Ya que ahora no somos dignos de recordar la falsedad de nuestros recuerdos, intentemos saber que somos YA como los dioses que la mitología nos recuerda, esos que no tenían mas que recrear una imagen para que ésta encarnase con rango de realidad en el mundo.

Como anticipó Cortazar, hemos construido de hecho un “Novum Organum de Verdad”. Hemos abierto de par en par todas las ventanas —hemos descorrido las cortinillas del obturador al menos— y, ejerciendo como anestesiados voyeurs, hemos convertido la falsedad de un recuerdo protésico, inseminado, en el ariete de una masa espantada de lacayos analfabetos.

“Es la muerte o salir volando”* dijo él: “…un hermoso sapo verde sobre la cabeza de la dueña de la casa, regalo de la noche”. Y así quiso asistir al horror de su venganza.

¡ No TIRES la fotografía si no la has hecho antes !

*Rayuela, cap. 147

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