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II Sintaxis para una escala de grises: La hipótesis, el rastro, el documento

Baudelaire“…Es necesario pues que la fotografía cumpla con su verdadero deber, que consiste en ser la servidora de las ciencias y las artes, pero la servidora más humilde, como la imprenta y la estenografía, que ni han creado ni han suplantad a la literatura. Que enriquezca con rapidez el álbum del viajero y preste a sus ojos la precisión que faltaría a su memoria, que adorne la biblioteca del naturalista, exagere los animales microscópicos, fortalezca incluso con algunas enseñanzas las hipótesis del astrónomo; que sea, en fin, la secretaria y el archivo de quien necesite en su profesión una exactitud material absoluta; hasta ahí, no hay nada mejor. Si salva del olvido las ruinas correspondientes, los libros, las estampas y los manuscritos que devora el tiempo, las cosas preciosas cuya forma va a desaparecer y que exigen un lugar en los archivos de nuestra memoria; entonces se le agradecerá y aplaudirá. Pero si se le permite avanzar sobre el terreno de lo impalpable y de lo imaginario, sobre todo aquello que sólo vale porque el hombre añada allí su alma, ¡entonces desdichados de nosotros! ”

Allá por el 81, cuando comencé a hacer fotos con una Cosina y una lente de 50 mm 1.8 Yashica fue cuando comencé a preguntarme sobre la fotografía, sobre su esencia y su sustrato, sobre su origen en cuanto a concepto y sobre su objetivo (ya que lo otro son lentes…).

Pero me daba cuenta ya entonces de que preguntarse por algo sin adentrarse en su práctica de modo entregado e intenso no tenía el menor sentido.
La técnica fotográfica fue el centro de mi atención durante mas de siete años en un intento de aproximarme a la esencia de esta práctica (después acotaré este término).
Multitud de parámetros incidían en algo con carácter objetual y procesual a la vez. Las composiciones de las emulsiones sensibles, leyes de reciprocidad o la profundidad de campo, la temperatura/tiempo/agitación, la composición de reveladores, fijadores, baños eliminadores de hiposulfito y una larga lista de aspectos que transformaban algo que parecía encarnarse en un diferencial de tiempo tendente a cero (el clic del obturador), en algo con carácter de práctica procesual y múltiples parámetros interactivos.
La mayoría de mis compañeros de entonces admitían un carácter en cierto modo “casual” al proceso, y asumían este “desconcierto” como parte de la creatividad inherente al acto, o bien como un mal menor e irreparable.
Construía curvas densitométricas, probaba sensibilidades efectivas frente a nominales, optimizaba nitidez, gama tonal y trataba de sistematizar al máximo el proceso en busca de su razón y en última instancia de su esencia. En todo momento sentía como esta especie de ente de ocho mil patas, escondía empecinadamente su cabeza, la perdía en la presunción del vaivén de equivalencia o transmisión entre el referente “real” y la imagen resultante.
Fue entonces cuando conocí la escuela de fotógrafos naturalistas americanos con Ansel Adams a la cabeza. Sobre un postulado cuasifilosófico que establecía a la naturaleza como fuente indeleble de la belleza y la proporción, pretendían trasladar todo este caudal a lomos de un medio que parecía haber nacido de sus propias leyes, con la excelsa misión de representarla como si de un espejo se tratara.
Una fotografía parecía entonces el modo y el soporte de “representación” exacto y fidedigno de la naturaleza.
Ellos habían topado con el mismo problema que a mí me obsesionaba: establecer patrones exactos para validar la exactitud en la impresión trasferida de lo real a una foto.
Crearon todo un sistema que garantizara esta misión, integrando todos los parámetros que influían en el proceso; El Sistema de Zonas.
Nacía con carácter pedagógico y se imponía como matraz de decantación y filtrado de lo real. Cada tono de la escena era medido y cuantificado, y tenía una correspondencia exacta en el gradiente de la escala de grises de un negativo y su contratipo en positivo.
La realidad, así, se escribía a sí misma sin mediación o interpretación posible. De este modo la belleza y la proporción del referente se imbricaba en la naturaleza del propio proceso y garantizaba la permanencia de la esencia: la foto era el documento que portaba la impronta transferida, impoluta y fiel.
De esta forma era como una imagen alcanzaba la belleza. La belleza era la perfección del método y el fotógrafo no era, como ahora, hacedor de nada, no era autor sino transmisor o emisario de la proporción y de la estética de lo natural. Abecedario de grises…
Haciendo una gran elipsis temporal, ahora contemplamos que la fotografía, su objeto, no es solo aquel que la historia quiso asignarle mas por casualidad que por certeza y una foto puede tener un destino documental heredero de aquella visón, pero puede también ser portadora de una propuesta artística en la que el autor se alza sobre el referente y lo diluye en pos de una propuesta impregnada de su propio carácter, de su propia interpretación.
También puede ser otro tipo de cosas, como un modo de preguntarse sobre sí misma, sobre el propio acto en sí a través de la “metafotografía”.
Puede ser tan solo algo gestual que no va mas allá del uso de su propia mecánica, de su protocolo de uso: el acto en sí.
Sirve igualmente como apéndice instrumental para otras disciplinas, que en su uso intentan completar con ella su propio discurso, su dialéctica.
Es aquí donde nos encontramos ahora, en un momento de la historia donde la imagen en general, y muy particularmente la fotografía, es parte indisoluble de un gran hecho comunicativo.
Todos usamos en mayor o menor medida un leguaje inscrito en su seno sin que nadie haya resuelto cuáles son sus sustratos sintácticos, su semántica o sus unidades de significado siquiera.
Unos mantienen que la foto es eminentemente un documento que representa lo acaecido de modo fiel, otros hablan de que se trata de una “huella” que la realidad “imprime” con sus propias propuestas, otros hablan de instrumento de apropiación/interpretación (introyección), otros de pura mecánica del gesto, algunos hablan de la importancia de su propio proceso e instauran el concepto de “rastro” mas allá de la huella, de indicio, de símbolo, un modo de enfrentar el “caos” de la realidad instaurando así un cierto orden…
Podría hacer una lista interminable ante la que es muy difícil poder constatar algo mas allá de la naturaleza poliédrica y mutante del acto fotográfico.
Barthes afirmaba algo que nos pone ante, al menos, un planteamiento inevitable a la hora de preguntarnos sobre fotografía:

“ No hay que mirar las cosas tal como son en sí mismas, ni tal como las conoce el que habla o escribe, sino sólo en relación con lo que saben los que leen o los que escuchan ”

También trascribo aquí unas líneas con las que hace ya tiempo intenté paliar el desasosiego ante este maremagnum de ideas que tan esquemáticamente expongo aquí.
“Una fotografía es un objeto…no, es un sueño. No, es un fragmento de realidad. No, es un engaño…no, es un lugar de encuentro, una presunción inocente, una profecía, un poema, una exclusión significante. Una fotografía es su contracampo. Una burla, un espejismo, un juego, un arte, una herramienta, un destino. Libertad capturada…la alquimia sin tiempo. El tiempo capturado…, el eco de un sueño. UNA CONSIGNA…” Joseba Bengoetxea 2004 Os ofrezco estas líneas que no van mas allá de ser un intento de activar la inquietud por estas preguntas. Personalmente pienso que nos conciernen fundamentalmente a los que cogemos una cámara con INTENCIÓN, sea esta cual fuere. Joseba Bengoetxea 2006